De viajes y regresos

Pintura que convierte en cálido el invierno
Antonio Arco
¿Cómo consigue Emilio Pascual que siempre encuentres una obra suya que te haga sentir que es justo la que necesitas para ayudarte a hacer cálido un duro invierno? O una obra que sepa seducir a esa primavera en la que no quieras perderte ni uno solo de los milagros de la naturaleza. O un verano poblado de mares cegadores por su belleza, que a veces ocultan en su corazón la tragedia. ¿Qué secreto guarda el pintor?, ¿qué extrañas técnicas maneja?, ¿dónde encuentran alimento su sensibilidad, su inagotable necesidad de crear? Siempre termina por aparecer ese cuadro suyo que nos alegra el día. Prometido. Una obra, al menos, que te habla a ti directamente, que parece conocerte, que se acerca para que la escuches, que te mira de arriba abajo sin causar molestias, que te emociona, te despeja de miserias la mirada, pone en renovada marcha tu imaginación y congela en tu memoria el momento en el que os conocisteis.

El altar que es cada obra de Emilio Pascual es una posibilidad de regreso al origen de un mundo del que apenas conocemos nada. Hay obras suyas que parecen creadas para que podamos escondernos en ellas y dejar ahí depositados nuestros más profundos secretos; obras que alivian de tanta decepción en este tiempo sórdido, helado y confuso por el que vagamos. Nunca hay en ellas una luz que nos ciegue; y, desde luego, por debajo de la aparente sencillez de las bellísimas composiciones que construye hay preguntas sin resolver, retos superados, inteligencia, pasión, razón, delicadeza, don, entrega, sorpresa, extrañeza, insomnio, felicidad, ternura, invierno en nuestro ánimo, misterio, pequeños milagros, hallazgos, eternidad.

Como para cualquier exposición importante, alejada de lo anodino y de la mediocridad insultante, dos cosas son necesarias para disfrutar recorriendo ésta de Emilio Pascual: pese a todo no haber perdido al menos algo de la curiosidad y del asombro del niño que fuimos, y tener cierta capacidad de presentir posibilidades extraordinarias y mágicas de comunicación en el arte pictórico. Aproveche el privilegio de poder disfrutar de estas obras para alejarse, aunque solo sea por un tiempo reducido, de lo inútil, lo repetitivo, los actos banales, las mismas muecas de siempre, la muerte, el aburrimiento, los recuerdos del vacío, el propio vacío, la amenaza del vacío, la sensación de inutilidad, la suma de tanta cosa inútil, e incluso de nuestra propia inutilidad. Y estemos alertas a los latidos, al milagro del arte que nos hace posible poseer el mundo por un instante, y con él a los seres queridos, a Adán, Eva y la Serpiente, a Noé y el Arca, a todos los dioses y a todos los héroes de la Historia, al viento que mece la cebada, al olor a manzanas y al latido del mundo.

Siempre me han gustado las obras que te impulsan a conocer, a tratar de comprender, y por eso me gustan las obras de Emilio Pascual. En momentos duros, de sufrimiento, me acuerdo de una frase terrible y gloriosa que escribió la pintora Frida Kahlo en uno de sus momentos de agonía, fruto de su cuerpo hecho un campo de batalla cosido a heridas: «Yo soy la desintegración». Su pintura es un latigazo, te deja herido. Es una pintura incómoda, pero muy valiosa. Surge con furia de la angustia de la artista. Nada que ver con la de Emilio Pascual, que jamás se recibe como una tortura para los sentidos. Al contrario, incluso en las que menos radiantes resultan, en las que parece haberse instalado a vivir el otoño, encontramos motivos para la alegría, porque de ellas se desprende un efecto inquietante parecido al que provoca el sonido de unas campanas en mitad de la noche oscura que se bebió de un trago amargo Juan de la Cruz.

Miro una y otra vez estas nuevas obras de Emilio Pascual –pintor, escultor, fotógrafo y videoartista–, y me provocan tanta admiración como placer; imaginación, sentidos, corazón y memoria se reactivan y emprenden, como ligeras cometas deseosas de libertad, conocimiento y juego, el vuelo. Emilio Pascual domina todas las técnicas, todas las materias, todos los matices de los colores. Es un maestro, y lo es haciendo obras de gran formato o piezas más pequeñas, a veces de una sobriedad de raíz empapada por la lluvia. Además, qué elegante es: como artista, como persona. Siempre sorprende: todavía recuerdo la copa que creó en homenaje a Ramón Gaya, y que expuso en su Museo de Murcia. Era una copa, depurada hasta casi la extinción y rodeada de soledad, a la espera del alba o de la resurrección y, según se mirase, bañada por la luz o por la oscuridad de las almas en vilo; sin más: modestamente, sencillamente, una copa en homenaje discreto y verdadero a Ramón Gaya. No estaba pintada, sino que la realizó utilizando la técnica de la fotografía digital en blanco y negro; una pieza, de 200 x 100 centímetros, sutil hasta casi dejar de existir.

Emilio Pascual cultiva habitualmente una pintura anónima y esperanzadora, lejana y batalladora, que se resiste a la desesperanza y al peligroso acercamiento al personaje de ‘El extranjero’, de Camus, tan ajeno a toda ley y a toda moral, tan perdido en la frialdad. El artista defiende, desde su buscada lejanía afincada en Yecla, que la pintura es un lugar adecuado para admirar la vida, un altar, una posibilidad de regreso al lugar donde todavía existe el futuro. Siempre desbordado por su capacidad de trabajo, las obras de Emilio Pascual hablan sutilmente de viajes y regresos, de huidas y cenizas, de soledades e impulsos vitales.

«A mí me interesa aprender más que ser, arriesgarme más que recrearme en lo ya conseguido, me interesa el reto, no saber qué va a pasar con la obra que estás haciendo», dice Pascual, quien afirma: «Yo siempre quise ser arquitecto, jugar con los espacios, experimentar con el vacío». No es arquitecto, pero sí, también, ¡músico! y un profesor adorado por sus alumnos. Conviene estar atentos a los latidos que encierran sus creaciones.

Para Emilio Pascual, «el arte es algo que debe afectarnos emotivamente. El arte no posee sentido por sí mismo, sino como una necesidad personal, y para que fluya, para que surja la obra, debe estar muy asimilada, muy sentida, muy definida. El arte debe ser algo tan natural como respirar». El creador, cuya obra disfruta de entusiastas admiradores entre los que se incluía el también pintor Joan Hernández Pijuan, explica que suele pretender «exigir al espectador una sensibilidad muy pura, exigir la detención de la mirada en la pintura, y como en una obra contemplativa, crear un encuentro directo con ella. Estar a la orilla supone dejar fluir, contemplar, sentir. El aire es todo».

«Mi concepto del Arte no es conceptual, no es intelectual, está basado en lo vivido, en lo natural, en la sensibilidad de la mirada», sostiene. «Mirar hacia fuera y ver para poder mirar hacia dentro», añade, «para conocernos íntimamente. Nuestra obra debe ser un apunte de nuestra vida, un producto de la emoción que sea capaz de emocionar». En su opinión, «debemos aprender a ser reflejo de nosotros mismos, sin caer en intelectualismos innecesarios ni trampas dialécticas. No estoy de acuerdo con esos artistas que saben demasiado bien qué quieren hacer». «Creo en la práctica de la pintura como generadora de pensamiento, como generadora de conocimiento, donde la reflexión es la misma práctica; no es lo que quiero decir, sino cómo lo digo», precisa.

Eso sí, que nadie se enfrente a estas obras de Emilio Pascual –quien coincide con Agnes Martín es afirmar que «todo aquel que sea capaz de estar un rato en el campo, sentado sobre una piedra, es capaz de ver mi pintura»– esperando que en ellas habiten esos ángeles siempre terribles a los que cantaba Rilke, esos pájaros casi letales del alma a los que, sin embargo, invocamos apasionada y esperanzadoramente. Mejor no esperen nada, mejor déjense envolver por esta extraña y cautivadora belleza sin rostro, por este caudal de pintura en estado puro, tan viva que se adhiere no solo a tu cuerpo, sino también a tu alma, que agradecerá la existencia de todo este universo creativo de Emilio Pascual que combina firmeza y extrema fragilidad, permanencia y fugacidad. Una pintura que sale del vacío y a él regresa, que confía sin titubeos, como señala el artista, «en sus capacidades, en sus poderes, en su autonomía para explorar los límites de nuestra comprensión, para así crear una sintaxis que brote de la sabiduría (el saber) y de las sensaciones». A Emilio Pascual le interesa «confrontar la práctica espontánea de la pintura con la reflexión y la consciencia. La dialéctica entre la pulsión y la interpretación, el gesto y la idea, la mano y la mente».
Un día me pregunté: «¿Alguna de sus obras serviría para ilustrar estos versos de Wilhelm Müller, al que le puso música Schubert a su ‘Viaje de invierno’? Estos versos cargados de tristeza y de verdad, de alejamiento del mundo, de dorrota y de viaje infinito: «Llegué como un extraño, / como un extraño me marcho». Y, sí, lo encontré. Lo había pintado. Contenía la música y la poesía, el frío del destierro, el desamor y el aire puro.

Así es que cualquier día le propondré a Emilio Pascual:
–Te reto a pintar un cuadro que necesite ser contemplado con los ojos cerrados.
¡Glups!
Casi me atrevería a poner la mano en el fuego a favor de que claro que lo conseguiría, porque la Pintura –con mayúscula– termina siempre cayendo rendida a sus pies.
Un viaje al color, un regreso al alma
Mª del Mar Pascual Ortuño

Emilio Pascual expone en el Palacio Almudí de Murcia su última colección “De viajes y regresos”, compuesta por óleos y esculturas de hierro cuyo protagonista es el color. La exposición estará abierta al público hasta el próximo 8 de mayo

Entre las columnas majestuosas del Palacio Almudí, uno de los edificios históricos más emblemáticos de la Región de Murcia, la obra de Emilio Pascual sorprende como una explosión de luz y color.

Óleos de pequeño, mediano y gran tamaño, y esculturas de hierro a las que el autor llama “arquitecturas del aire”, conforman la última colección del pintor yeclano, realizada íntegramente para la ocasión.

La inauguración de la exposición tuvo lugar el pasado miércoles 16 de marzo y a ella acudieron representantes políticos como el Concejal de Cultura de Murcia, el Alcalde de Yecla y el Concejal de Cultura también de nuestra localidad. Además, Emilio fue arropado por compañeros de profesión, amigos y familiares que quisieron acompañarle en un momento tan importante para el autor.

Aunque a ojos de cualquiera la obra de Emilio Pascual sea abstracta, él prefiere autodenominarse “un pintor básico y gestual”, ya que trabaja desde la pintura como base, apoyándose en lo que esta tiene de esencial: la mancha y el color.

Como Hernández Pijúan, artista al que admira, Emilio dice dejar que la obra se construya a sí misma, siendo él un mero observador más de lo que la propia pintura le va pidiendo, sin dejar de “meditar sobre lo que sucede mientras sucede”. Por eso dice que “pinta como respira”, irracional y espontáneo como un niño cuando crea, pero con la consciencia y la razón de un adulto cuando reflexiona sobre la obra.

Es una persona meditativa, “yo sí creo que la pintura es capaz de crear pensamientos” cuenta en una entrevista en La Verdad de Murcia. Yo añadiría que más que pensamientos, su pintura crea sentimientos. Las manchas de color de Emilio Pascual no buscan representar un paisaje ni buscan que el espectador vea en ellas formas figurativas, buscan el sentimiento que hay detrás de todo eso, buscan emocionar, expresar, contar, hacer sentir. “Me interesa más –reconoce- cómo dice la pintura que qué quiere decir”.

Emilio se enfrenta al lienzo desde el sentimiento, nunca desde la razón. Cuando entra a su estudio no lo hace sabiendo lo que va a pintar, no sabe lo que le deparará cada día, lo que le dirá cada cuadro. Cada lienzo en blanco es un reto. Emilio pinta y de su mano fluye lo que siente, el cómo se siente.

El título, “De viajes y regresos”, está inspirado en una cita del periodista, y amigo, Antonio Arco. Tal y como este expresa en el catálogo de la exposición, el concepto de arte de Emilio se basa “en lo vivido, en lo natural, en la sensibilidad de la mirada”, en el poder mirar hacia fuera para poder mirar hacia dentro de uno mismo. Así se enfrenta a su obra, yendo y viniendo, viajando y regresando, de la realidad al cuadro, del pincel y la paleta de colores a lo más profundo del alma.

La obra de Emilio Pascual respira paz y un abstracto concepto de belleza, en el que cada mancha, cada trazo y cada color tienen un sentido y un lugar exacto en el lienzo que los hace indispensables. Respira poesía y música. Palabras y melodías que nacen de uno mismo, del propio artista en el momento de la creación pero también de los que hemos tenido el placer de contemplar su obra en silencio. Ahí es cuando el cuadro te mira, tú lo miras a él, y se establece un diálogo íntimo y sobrecogedor del que cuesta despedirse.

Desde estas líneas os invito a visitar la exposición. Dudo que os arrepintáis después de sentirla.
Emilio Pascual: De viajes y regresos
Paco Vivo

Desde lo alto de las tapias y los tejados se descubre el perfil de la ciudad, dibujado en los patios de las casas y en los exuberantes jardines. Emilio Pascual, en su estudio, ante un lienzo en blanco, escudriña expectante el vacío. Respirando profundamente. Reflexionando. Vaciándose de lo superfluo. Midiendo el espacio con un gesto del brazo. Nombrando la ausencia con la marca hiriente del grafito. Cargando el pincel, para, en un instante de coraje, arrojarse al vacío guiado por un vivo sentimiento de ser, por una intuición que se materializará en arte.
Emilio es una persona inquieta, siempre con algo entre las manos, siempre con proyectos. Necesita estar activo. Necesita hacer. Pero la acción en su pintura es, en primer lugar, autoafirmación; después, descarga instintiva y, finalmente, autoconocimiento -la percepción de sí mismo a través de insinuaciones paisajísticas. Por esta razón la ciudad será elegida como tema, porque ella le ofrece los elementos gráficos y pictóricos precisos para llevar a cabo ese viaje interior.
Ahora bien, tales referencias paisajísticas no expresan la necesidad de encontrarse con el objeto como vehículo de información explícita para conferir sentido a la pintura.

Por su intermedio, la insinuación naturalista de la imagen se convierte en ficción, en un truco que pone en evidencia la artificialidad del arte. Lo plasmado en el lienzo es una abstracción, no de una realidad objetiva, sino de su experiencia subjetiva poetizada: una ciudad de signos; un paisaje natural sublimado.
Para una pintura que es plasmación de una actitud frente a la realidad, poco importan las referencias a esa misma realidad.

Parece que le interesara, sobre todo, el choque entre el artificio pictórico y la realidad de su propio temblor físico y emocional.
En la duda del grafismo; en la intensidad de la acometida; en la dirección del trazo; en la elección del color y su conjugación con la línea; en la manera de dejar la materia sobre el lienzo; en la forma de ocupar el espacio; en la decisión consecuente de reconocer el sentido o ver el error y saber diluirlo convirtiéndolo en virtud; en todo ello, creo ver los rasgos pictóricos fundamentales de ese conflicto.

En su pintura pueden percibirse, dos niveles de pensamiento: la acción como consciencia de sí mismo y junto a ésta, la contemplación como necesidad vital de estar y habitar el mundo.

Apenas la emoción se ha vaciado en el gesto, aparece la necesidad contemplativa. La acción es domesticada por exigencia espiritual, mediante la armonía del color y la razón geométrica -abstracción geométrica ideal que se evade del ámbito representativo naturalista, a pesar de que en ella puedan atisbarse muros y tejados de una ciudad o entonaciones de color que evocan atmósferas realistas.

Manchas y trazos, escaleras de asalto a la ciudad, como en un sueño convierten la urbe en un ramo de flores. Surgen los tallos que se elevan del búcaro del marco, y estallan exuberantes flores como fuegos de artificio, que al punto se convierten en iridiscentes conglomerados de rocas.
Acción y contemplación, dos formas contrapuestas de sentir el mundo hermanadas exquisitamente.

Por una parte, la intemporalidad de la geometría complementada por el momento presente del gesto y, por otra, la visceralidad expresionista colmada por la espiritualidad geométrica. Entre ambas generan un dinamismo ponderado, fluctuante; un movimiento pendular en el que, desde el gesto-acción se aspira a la armonía ordenada de las formas -armonía que, apenas alcanzada, se desintegra sumida en una dialéctica sin descanso, entre la acción y la contemplación. La pureza geométrica es negada por el gesto violento y pasional; a su vez domesticado de inmediato por el pensamiento analítico.
La geometría adquiere una temporalidad suspendida y el arrebato expresionista un idealismo lírico.

De esta manera, Emilio consigue un equilibrio conflictivo entre la utopía geométrica de la idea pura tutelada por la razón y la pasión del gesto y el color que habla desde el subconsciente. Es su forma de manifestar la lucha perenne de todo creador por satisfacer el anhelo de lo absoluto inalcanzable, como conflicto saludable que no pretende ser ni elemento transgresor, ni cuestionamiento crítico.

Según el punto de vista que se adopte al contemplarlas, estas pinturas se moverían desde el caos y el descreimiento hacia el equilibrio y la esperanza o viceversa.
De nuevo voy al encuentro del artista en el estudio, justo en el inicio de su trabajo, cuando ataca el lienzo inmaculado con la barra de grafito, creando una incisiva estructura plateada, delimitando los primeros espacios, sin permitirse una floritura orgánica -a lo sumo unas contundentes curvas -, como paréntesis unidos, que sugieren la forma de un ciprés. Líneas adustas que conforman las piezas de la máquina ciudad, la obra humana más voraz, dulcificada felizmente por la sensualidad del color, convirtiéndola en dudosa ciudad amable.

De un cuadro a otro veo la incierta ciudad que se encarama por la ladera de una montaña, y luego baja para mirarse en el espejo tranquilo del mar. Descubro sus diferentes apariencias, a diferentes horas del día, bajo diferentes atmósferas, siempre rodeada por el vacío, envuelta por un blanco marco sin pintura, fondo de pureza nívea que desde los bordes del lienzo encuadra y suaviza las tensiones interiores, testigo y delator de la lucha expresiva interior, reflejada por los chorretones, por las salpicaduras de pintura en la parte inferior, índice de la acción que nos habla de lo accidental, del empeño en dejar constancia de lo verdaderamente natural frente al artificio pictórico. De nuevo la paradoja, el juego de espejos, el ir y venir entre lo pictórico y lo natural.

Emilio Pascual empieza otro cuadro, una nueva estructura que no permite demasiados cambios. Insiste en el esquema primigenio como si fuera un mantra. Ha forjado su estilo, su obra es un trabajo consolidado, reconocible, es la expresión de su personalidad, de su forma de ser.
El trabajo en series es un reflejo de esa personalidad, lo que nos indica que Emilio es un artista metódico, coherente, comprometido con el trabajo y su desarrollo.
Una serie es un camino de investigación entendido como proceso, como evolución que permite ahondar en el elemento explorado, valorando la mirada desde diferentes ángulos, los físicos y los de la memoria.

De este modo se produce una relativización, tanto del objeto como de la mirada que a él se dirige. En la repetición, el tiempo deja de ser contingente, el instante se hace eterno y lo infinito se siente en un soplo.

La serialidad debe entenderse no sólo en el aspecto compositivo y formal del paso de un cuadro a otro, sino también en la repetición del trazo, en la insistencia de la mancha de color, en la reiteración de las formas geométricas o de los símbolos naturalistas en el mismo cuadro. En esta repetición de elementos pictóricos, Emilio Pascual no representa un momento visto en la naturaleza, aunque realmente lo haya vivido, sino que hace una referencia a lo ya creado, al cuadro anterior de la serie, estableciendo un diálogo interno que habla de la pintura en sí misma y de su lenguaje.

Sin embargo, lo accidental en las series provoca una variación en su desarrollo, confiriendo al grupo un sentido narrativo. El enfoque de serie se percibe diáfanamente en los dibujos, donde los mismos elementos cambian de posición de un trabajo a otro, dando la sensación de salto de perspectiva o de paso del tiempo.
Inevitablemente las series siempre introducen una sospecha sobre el aura del creador y la autoría de la obra. Las similitudes plantean la cuestión de la imitación y de la copia, poniendo en duda el valor transcendente del cuadro único que atesora las propiedades del genio y la esencia del espíritu a lo largo del tiempo.

Rauschenberg hizo dos cuadros iguales para demostrar que ni el impulso ni el método hacen por sí solos una obra de arte, sino más bien una mezcla de la intención y el azar, gestos impulsivos y el pensamiento.
Sea como fuere, ¿porqué no ver en sus series una forma consciente de plasmar la alienación del individuo en la ciudad y su vida rutinaria y gris?

Tal vez el Emilio Pascual pintor no haya pensado en nada de esto, pero si un espectador llega a tales conclusiones es porque el juego artístico, más allá del individuo, tiene la capacidad de crear el mundo, o, al menos, de dotarlo de sentido.

Quedan por mencionar las magníficas esculturas que completan la muestra.
Me abstengo de hacer una referencia a las expuestas porque merecen una exposición específica, donde muestren todo su potencial.

 

En mis días. Óleo sobre lienzo 400x200cm

Algún camino. Óleo obre lienzo 400x200cm

La nube roja. Óleo sobre lienzo 400x200cm

De tanta luz II. Óleo sobre lienzo 200x200cm

De tanta luz I. Óleo sobre lienzo 200x200cm

En la mañana. Óleo sobre lienzo 200x200cm

Lugares de la pintura. Óleo sobre lienzo 200x200cm

En pleno día. Óleo obre lienzo 200x200cm

Si la luz entra. Óleo sobre lienzo 200x200cm

Viento azul. Óleo sobre lienzo 200x200cm

Ayer. Óleo sobre lienzo 200x200cm

Verde con sol. Óleo sobre lienzo 200x200cm

Tan claro. Óleo sobre lienzo 200x200cm

Los no lugares. Óleo sobre lienzo 200x200cm

Junto al agua. Óleo sobre lienzo 200x200cm

Recorridos de silencio. Óleo sobre lienzo 200x200cm

Arquitecturas del aire. Hierro esmaltado 320x277cm

Arquitecturas del aire Hierro esmaltado 330x230cm

Arquitecturas del aire. Hierro esmaltado 340x240cm

Arquitecturas del aire. Hierro esmaltado 336x76cm

Un instante. Políptico. 60 obras. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm

Un instante. Políptico. Óleo sobre lienzo 37x37cm