Escultura La voluntad

La escultura, planteamiento estético. Emilio Pascual.
Este proyecto nace con la doble intención de rendir homenaje a una novela (en sus recién cumplidos 100 años) y a su autor.
A “La Voluntad” se la conoce como la mejor novela de Azorín. Publicada en el verano de 1902 se integra en una trilogía junto con “Antonio Azorín” (1903) y “Las confesiones de un pequeño filósofo” (1904).
Es una de las novelas más importantes de su generación. Es decisiva en la trayectoria de su autor hasta el punto de que a partir de esta trilogía desaparece como Martínez Ruiz y asume el nombre de su personaje “Azorín”.
Nos encontramos ante una novela totalmente renovadora, que la crítica actual coloca dentro de la llamada “novela lírica” porque en ella el autor rompe totalmente con la novela realista decimonónica, de argumento compacto, y presenta notas consustanciales a la novela moderna.
Las notas innovadoras que se reflejan en la novela me han servido de inspiración para concebir este proyecto escultórico y son las siguientes:
.- El subjetivismo. El narrador presenta sus sentimientos, ideas, emociones, por encima del argumento, que es siempre frágil. Esto da lugar a bellísimas descripciones de paisajes, tanto urbanos como campestres, mediante la llamada “técnica impresionista”, en las que el autor se hace poeta con su prosa.
En el primer capítulo de la primera parte observamos cómo utiliza la luz y el color; los azules, rojos, pardos, negros, grises, blancos...
Para Yuste: “ lo que da la medida de un artista es su sentimiento de la naturaleza, del paisaje... Un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje”.
Maria Martínez del Portal en el prólogo de su edición sobre La Voluntad nos dice: ..” que nos encontramos ante un sensible y experimentado contemplador del paisaje..”, “ ...lo cambiante, lo entrañablemente subjetivo es, como acabo de señalar, una de las propiedades esenciales del paisaje azoriniano. Como buen impresionista, sabe del empleo de la mancha, de la pincelada aislada y de la superpuesta, del contraste y sobre todo, de que cada hora, cada día, cada mes o estación del año traen consigo una luz y cada luz origina un bien perceptible cambio”.

.- La presencia de un protagonista autobiográfico.
.- El Fragmentarismo. La novela aparece estructurada en varias unidades. A su vez, las partes están fragmentadas en cuarenta y dos pequeños capítulos.

Otras ideas leídas en el prólogo de María Martínez del Portal, también me han servido para desarrollar este proyecto. Cito textualmente: Manuel Granell llega a afirmar que “la difícil reflexión sobre el propio arte(...) constituye la obsesión , casi el único tema de toda la obra azoriniana”.
Asimismo, la valoración plena del misterio(“el misterio es elemento de arte”) y de lo inacabado (“lo que se deja en inconcreto es lo más bello”).
También Martínez Ruiz, se nos dice en este prólogo, tiene como norma más revolucionaria, la carencia de fábula. La voluntad es una novela en la que no pasa nada, donde en palabras de Ortega y Gasset: “ la acción o trama no es la sustancia de la novela, sino, al contrario, su armazón exterior, su mero soporte mecánico”
La escultura de finales del XIX y principios del XX rompe con las nociones tradicionales del espacio. Cuando el escultor ruso Archipenko llega a París en 1908 identificó su verdadero interés en la interacción entre volumen y espacio. La guitarra que a modo de collage realizó Picasso en 1912 revolucionó el mundo de la escultura, naciendo un nuevo lenguaje, un lenguaje del que Picasso no se serviría en persona y del que otros artistas serían sus grandes teóricos. Julio Gonzalez definió a la escultura como el matrimonio entre volumen y espacio.
Naum Gabo aportará otro dato importante, entendiendo la escultura no como un elemento tridimensional, sino cuatridimensional, contando el elemento temporal. “Por tiempo entiendo movimiento, ritmo. En una obra de arte el ritmo es tan importante como el espacio, la estructura y la imagen”.
Chillida nos dirá al respecto: “Donde el espacio no actúa, no hay escultura. Una escultura...Es como si el poeta pudiera construir fuera del tiempo. No puede. Ni puede haber música fuera del tiempo. La partitura no funciona si no hay tiempo”.

Por tanto creo que en una escultura, los vacíos deben tener la misma importancia que los volúmenes. La escultura debe ser volumen, espacio, ritmo, situación y concepto.
Debe haber una fusión entre la obra y todos los espacios que genera, tanto internos como externos. La ubicación es igual de importante que la obra misma.
Chillida pretendía: crear “espacios transitables y vivibles en los que el observador, en la interacción de la luz, con la naturaleza o con el espacio ciudadano, puede experimentar físicamente el entramado del tiempo y del espacio, la construcción de la escultura”.
Para el filósofo Martín Heidegger las esculturas hacen el lugar.
El proyecto ocupa con la obra escultórica el centro del Jardín Municipal. La escultura está situada en el lugar que ocupaba el templete para los conciertos de la Banda de Música. Mi propuesta ha sido realizar un auditorio invirtiendo el sentido, es decir, orientándolo hacia el jardín de abajo. Quedando una superficie de escenario de 10x 6 metros. Bajando la altura al nivel del jardín de arriba tenemos una altura ideal para este escenario. Esta propuesta invita a que se realicen mayor número de espectáculos, además de los conciertos esporádicos de la Banda de Música y los Grupos de Folclore. La obra queda a nivel del jardín de arriba teniendo fácil acceso, siendo una obra que invita a jugar y vivir en ella.
Con esta obra pretendo conseguir una simbiosis entre el Arte y el hábitat urbano. Acercar el arte a la gente.
El Arte en la calle ha dejado de ser algo distante convirtiéndose en objeto que participa de las vibraciones de la ciudad.
Es Arte incrustado en el paisaje, con la más absoluta naturalidad pero con un punto de sorpresa y magia.
Quiero articular su forma, su escala, sus materiales y su posición en el espacio urbano, reforzándolo y reivindicando el carácter unitario de ese mismo espacio.
Quiero conseguir el equilibrio entre material y proceso de manipulación, forma, medida y lugar.

Es una obra de simplicidad contundente y radical que evoca de alguna manera un sereno clasicismo. Pureza de materiales, cuidada economía con sutiles manipulaciones que apenas sobrepasan el gesto y el concepto.
Personalmente entiendo el Arte como conocimiento y experiencia, y por tanto, afectado por la fenomenología psicológica, pero en lo posible, separado de intelectualismos innecesarios.

Este proyecto está formado por una trilogía, tres elementos independientes pero que forman una globalidad, afectándose mutuamente en su desarrollo y equilibrio.
Simbólicamente es un libro abierto, que abraza al espectador, descubriéndose dos paneles laterales y un tercero central, con una textura formada por un texto a relieve, siendo éste el primer capítulo de la primera parte del libro.
Los materiales utilizados son acero corten para los paneles laterales y hormigón para el bloque central. El suelo es de madera tratada, facilitando de esta manera su uso como escenario.
Es un libro abierto en todos los sentidos porque además nos permite entrar a través de él. Es un libro sobre Yecla y simbólicamente participamos en él.
La escultura al aire libre debe ser abierta y dejar participar al público de sus espacios y formas. En “La Voluntad” se transparenta el espíritu de un pueblo.
En el panel derecho, hay un desarrollo geométrico y formal inspirado en las facciones mas importantes del rostro de Azorín, su anatomía facial. Martínez Ruiz desaparece asumiendo el nombre de su personaje y de esta manera quiero reflejarlo, incrustándolo en las páginas de este libro.
En el panel izquierdo, el desarrollo estructural y formal nace de la abstracción de un paisaje, descripciones lineales, horizontes, etc. evocando las descripciones paisajistas de Azorín. También combino un fragmento de hormigón con otro texto para dar equilibrio y contraste en esta composición escultórica.
El panel central es de hormigón con el texto a relieve. Este texto es legible, pero la intención es que el tamaño de su tipografía dote de textura a este bloque, creando un juego entre lo literal y lo simbólico, lo sensible y lo ilegible.
La escultura es abierta formalmente, lo que generará que a través de ella se vean colores que la completarán visualmente en su contemplación.
La escultura está incrustada en la naturaleza, y ésta colorea los huecos según las estaciones del año, evocando de esta manera las descripciones coloristas y líricas de Azorín sobre el paisaje.
Homenaje a La voluntad. Pedro Alberto Cruz. Crítico de arte.
La escultura, como una de las antiguas disciplinas en las que dividíamos el arte, supo romper en su momento con su principal atadura –que la mantenía alejada de su compañera de viaje, la pintura- al “deshumanizarse” y dirigir la investigación a otros campos no limitados por la dependencia a la figura.
Esta deshumanización, entendida en sus justos términos y no como algo negativo que la alejaba de su origen mimético, le permitió dar a la materia –a todos los materiales- valor definitivo y definitorio, ocupar el espacio e integrarlo, dar juego al aire como un elemento más del lenguaje, y romper la rigidez de lo macizo, la concepción estanca de la forma mediante la alternancia lleno/vacío, en la que éste sustituía –o daba pleno valor- al efecto lumínico superando el efectismo textural. Al alejarse de la referencia humana, la escultura se acercaba más a la naturaleza en cuanto a la libertad y variedad de la forma, pero, por otro lado, se impregnaba más de concepto, se abstractizaba para responder a la necesidad expresiva del artista; es decir –y no es una contradicción-, huyendo de la copia se humanizaba, porque las obras surgidas eran auténticas “creaciones” pensadas por y para el hombre, eran la suma de materia e idea unidas en la libertad de la obra.
Estas líneas nos sirven de preámbulo para el acercamiento a la escultura de Emilio Pascual, ubicada en el remodelado Jardín Municipal –que adquiere así también la función de plaza como espacio despejado de tránsito y permanencia- y conmemorativa del centenario de la publicación de la novela La Voluntad, de Azorín. Dos cuestiones básicas se plantean a la hora de resolver el problema del encargo y, curiosamente, la desinhibición alcanzada por la escultura es la que permite la solución adecuada.
La primera, es el espacio. En el se conjugan una serie de elementos dados y otros nuevos que deben quedar integrados sin que la transición entre lo nuevo y lo ya existente se produzca de manera aberrante y sí armónicamente (para Heráclito la armonía resulta de la unión de los contrarios). De esta unión –superficial y tridimensional- surge un nuevo espacio que conserva las referencias que lo hacen reconocible –y, por lo tanto, no genera una ruptura traumática- y aporta la novedad de lo diáfano, aunque matizada por la preservación de la naturaleza preexistente. Y como eje articulador de las dos partes la escultura de Emilio Pascual, pantalla –en cuanto actúa de “fondo” de escenario- y puerta monumental que permite el acceso, la comunicación, el intercambio de conceptos espaciales. El carácter funcional, que de esto último podría deducirse, desaparece gracias a los materiales utilizados –acero corten y hormigón- que impiden repensar la obra bajo esquemas tradicionales; sin embargo, esa doble función citada si le confiere un cierto carácter arquitectónico, abierto a la especulación al generar “lugares” delimitados por líneas –rectas y curvas- y planos que, en cierta medida acotan espacios y construyen distintos niveles de intensidad perceptiva.
La escultura no sólo se incardina en el espacio, crea espacios comprensibles, abarcables para el espectador que, al poder “introducirse” en ellos, no se siente ajeno a la obra, no ve reducida su actuación a la simple mirada -próxima o lejana- que lo reduce a mero comparsa, a elemento pasivo de la creación artística. La humanización de la escultura “deshumanizada” se impone con lógica aplastante.
La segunda cuestión deriva de la temática, del motivo que se quiere representar y que, queda claro, la escultura precontemporánea convertiría en tópico. Nos encontramos ante un hecho conmemorativo marcado por un tiempo cumplido –cien años de la publicación de la novela- que debe quedar patente al primer choque visual, y es la oxidación –de ahí la importancia del hierro- de la superficie la que nos habla de ese devenir. La escultura actúa ahora como “libro”, como ejemplar de la primera edición cuyas páginas, compactas en el bloque de la izquierda, han amarilleado. A la vez, la estructura compacta –y no se olvide la función de tránsito que no está sólo referida a la escultura, sino también a la propia esencia del libro en la que hay que penetrar para “vivirla”- nos habla de la consolidación de la obra en su proyección temporal y de su solidez, que le permite superar al tiempo que en ella se conmemora. Y en este punto, podríamos retomar el carácter arquitectónico de la escultura de Emilio Pascual por dos razones obvias: la primera, por la vocación de permanencia –de eternidad- de los edificios, la segunda por ser la arquitectura la creación más genuinamente abstracta y con sentido realizada por el ser humano.
En la parte derecha la simplicidad lineal cede protagonismo a una mayor complejidad, alejada lo mínimo del concepto para no perder coherencia, en la que lo referencial parece tomar cuerpo a través de determinadas insinuaciones explicativas que no llegan a adquirir valor de discurso y se conforman –dentro de la estructura de la obra- con la sugerencia para propiciar la lectura del espectador/actor dándole un mayor protagonismo activo. La curva se hace aquí más presente, con una clara intención orgánica articulada en ritmos y prolongaciones, siguiendo el esquema general de la obra.
Y, como colofón, la presencia monolítica del cemento escriturado, estela en la que se desvela “el secreto” del monumento mediante el desarrollo de un texto en relieve, perceptible en la distancia pero precisado de la proximidad para su lectura. El objetivo pretendido con su inclusión –aparte de su función de nexo de las estructuras de hierro- es de atraer aún más, de propiciar el acercamiento al monumento que perdería todo su sentido si permaneciera aislado, ajeno al entorno y encastilllado en un discurso que sólo sería soliloquio falto de interés.
Despejadas las dos cuestiones, la obra de Emilio Pascual se “expone” en la soledad de su propia grandeza, sin la apoyatura de las palabras y de los gestos, con sus planos, volúmenes y vacíos, con esa voluntad integradora que la convierte en clave de un nuevo espacio urbano, respondiendo a todas las preguntas con la serenidad de su fortaleza tectónica, y abierta al enriquecimiento propio con las opiniones, que dejan de ser ajenas en cuanto cumplen la intención participativa del autor. Y todo ello, sin renunciar al concepto clásico de monumento escultórico, pero con la mayor riqueza de matices en el lenguaje que el arte contemporáneo permite.

Homenaje a La Voluntad de Azorín.  Acero cortén y hormigón 9x5 m.

 

 

 

 

 

 

 

 

Proceso de oxidación.  

Proceso de oxidación.  

Proceso de oxidación.  

Proceso de oxidación.  

Proceso de oxidación.  

Proceso de oxidación.  

Proceso de oxidación.