sobre la exposición

¿Cómo consigue Emilio Pascual que siempre encuentres una obra suya que te haga sentir que es justo la que necesitas para ayudarte a hacer cálido un duro invierno? O una obra que sepa seducir a esa primavera en la que no quieras perderte ni uno solo de los milagros de la naturaleza. O un verano poblado de mares cegadores por su belleza, que a veces ocultan en su corazón la tragedia. ¿Qué secreto guarda el pintor?, ¿qué extrañas técnicas maneja?, ¿dónde encuentran alimento su sensibilidad, su inagotable necesidad de crear? Siempre termina por aparecer ese cuadro suyo que nos alegra el día. Prometido. Una obra, al menos, que te habla a ti directamente, que parece conocerte, que se acerca para que la escuches, que te mira de arriba abajo sin causar molestias, que te emociona, te despeja de miserias la mirada, pone en renovada marcha tu imaginación y congela en tu memoria el momento en el que os conocisteis.

El altar que es cada obra de Emilio Pascual es una posibilidad de regreso al origen de un mundo del que apenas conocemos nada. Hay obras suyas que parecen creadas para que podamos escondernos en ellas y dejar ahí depositados nuestros más profundos secretos; obras que alivian de tanta decepción en este tiempo sórdido, helado y confuso por el que vagamos. Nunca hay en ellas una luz que nos ciegue; y, desde luego, por debajo de la aparente sencillez de las bellísimas composiciones que construye hay preguntas sin resolver, retos superados, inteligencia, pasión, razón, delicadeza, don, entrega, sorpresa, extrañeza, insomnio, felicidad, ternura, invierno en nuestro ánimo, misterio, pequeños milagros, hallazgos, eternidad.

Como para cualquier exposición importante, alejada de lo anodino y de la mediocridad insultante, dos cosas son necesarias para disfrutar recorriendo ésta de Emilio Pascual: pese a todo no haber perdido al menos algo de la curiosidad y del asombro del niño que fuimos, y tener cierta capacidad de presentir posibilidades extraordinarias y mágicas de comunicación en el arte pictórico.

Aproveche el privilegio de poder disfrutar de estas obras para alejarse, aunque solo sea por un tiempo reducido, de lo inútil, lo repetitivo, los actos banales, las mismas muecas de siempre, la muerte, el aburrimiento, los recuerdos del vacío, el propio vacío, la amenaza del vacío, la sensación de inutilidad, la suma de tanta cosa inútil, e incluso de nuestra propia inutilidad. Y estemos alertas a los latidos, al milagro del arte que nos hace posible poseer el mundo por un instante, y con él a los seres queridos, a Adán, Eva y la Serpiente, a Noé y el Arca, a todos los dioses y a todos los héroes de la Historia, al viento que mece la cebada, al olor a manzanas y al latido del mundo.

Siempre me han gustado las obras que te impulsan a conocer, a tratar de comprender, y por eso me gustan las obras de Emilio Pascual. En momentos duros, de sufrimiento, me acuerdo de una frase terrible y gloriosa que escribió la pintora Frida Kahlo en uno de sus momentos de agonía, fruto de su cuerpo hecho un campo de batalla cosido a heridas: «Yo soy la desintegración». Su pintura es un latigazo, te deja herido. Es una pintura incómoda, pero muy valiosa. Surge con furia de la angustia de la artista. Nada que ver con la de Emilio Pascual, que jamás se recibe como una tortura para los sentidos. Al contrario, incluso en las que menos radiantes resultan, en las que parece haberse instalado a vivir el otoño, encontramos motivos para la alegría, porque de ellas se desprende un efecto inquietante parecido al que provoca el sonido de unas campanas en mitad de la noche oscura que se bebió de un trago amargo Juan de la Cruz.

Miro una y otra vez estas nuevas obras de Emilio Pascual –pintor, escultor, fotógrafo y videoartista–, y me provocan tanta admiración como placer; imaginación, sentidos, corazón y memoria se reactivan y emprenden, como ligeras cometas deseosas de libertad, conocimiento y juego, el vuelo. Emilio Pascual domina todas las técnicas, todas las materias, todos los matices de los colores. Es un maestro, y lo es haciendo obras de gran formato o piezas más pequeñas, a veces de una sobriedad de raíz empapada por la lluvia.

Emilio Pascual cultiva habitualmente una pintura anónima y esperanzadora, lejana y batalladora, que se resiste a la desesperanza y al peligroso acercamiento al personaje de ‘El extranjero’, de Camus, tan ajeno a toda ley y a toda moral, tan perdido en la frialdad. El artista defiende, desde su buscada lejanía afincada en Yecla, que la pintura es un lugar adecuado para admirar la vida, un altar, una posibilidad de regreso al lugar donde todavía existe el futuro. Siempre desbordado por su capacidad de trabajo, las obras de Emilio Pascual hablan sutilmente de viajes y regresos, de huidas y cenizas, de soledades e impulsos vitales.

Para Emilio Pascual, «el arte es algo que debe afectarnos emotivamente. El arte no posee sentido por sí mismo, sino como una necesidad personal, y para que fluya, para que surja la obra, debe estar muy asimilada, muy sentida, muy definida. El arte debe ser algo tan natural como respirar». El creador, cuya obra disfruta de entusiastas admiradores entre los que se incluía el también pintor Joan Hernández Pijuan, explica que suele pretender «exigir al espectador una sensibilidad muy pura, exigir la detención de la mirada en la pintura, y como en una obra contemplativa, crear un encuentro directo con ella. Estar a la orilla supone dejar fluir, contemplar, sentir. El aire es todo».

«Mi concepto del Arte no es conceptual, no es intelectual, está basado en lo vivido, en lo natural, en la sensibilidad de la mirada», sostiene. «Mirar hacia fuera y ver para poder mirar hacia dentro», añade, «para conocernos íntimamente. Nuestra obra debe ser un apunte de nuestra vida, un producto de la emoción que sea capaz de emocionar». En su opinión, «debemos aprender a ser reflejo de nosotros mismos, sin caer en intelectualismos innecesarios ni trampas dialécticas. No estoy de acuerdo con esos artistas que saben demasiado bien qué quieren hacer». «Creo en la práctica de la pintura como generadora de pensamiento, como generadora de conocimiento, donde la reflexión es la misma práctica; no es lo que quiero decir, sino cómo lo digo», precisa. 

Eso sí, que nadie se enfrente a estas obras de Emilio Pascual –quien coincide con Agnes Martín es afirmar que «todo aquel que sea capaz de estar un rato en el campo, sentado sobre una piedra, es capaz de ver mi pintura»– esperando que en ellas habiten esos ángeles siempre terribles a los que cantaba Rilke, esos pájaros casi letales del alma a los que, sin embargo, invocamos apasionada y esperanzadoramente. Mejor no esperen nada, mejor déjense envolver por esta extraña y cautivadora belleza sin rostro, por este caudal de pintura en estado puro, tan viva que se adhiere no solo a tu cuerpo, sino también a tu alma, que agradecerá la existencia de todo este universo creativo de Emilio Pascual que combina firmeza y extrema fragilidad, permanencia y fugacidad.

Una pintura que sale del vacío y a él regresa, que confía sin titubeos, como señala el artista, «en sus capacidades, en sus poderes, en su autonomía para explorar los límites de nuestra comprensión, para así crear una sintaxis que brote de la sabiduría (el saber) y de las sensaciones». A Emilio Pascual le interesa «confrontar la práctica espontánea de la pintura con la reflexión y la consciencia. La dialéctica entre la pulsión y la interpretación, el gesto y la idea, la mano y la mente».

Un día me pregunté: «¿Alguna de sus obras serviría para ilustrar estos versos de Wilhelm Müller, al que le puso música Schubert a su ‘Viaje de  invierno’? Estos versos cargados de tristeza y de verdad, de alejamiento del mundo, de derrota y de viaje infinito: «Llegué como un extraño, /  como un extraño me marcho». Y, sí, lo encontré. Lo había pintado. Contenía la música y la poesía, el frío del destierro, el desamor y el aire puro. 

Así es que cualquier día le propondré a Emilio Pascual:
–Te reto a pintar un cuadro que necesite ser contemplado con los ojos cerrados. ¡Glups! Casi me atrevería a poner la mano en el fuego a favor de que claro que lo conseguiría, porque la Pintura –con mayúscula– termina siempre cayendo rendida a sus pies.

Antonio Arco (2025)

"Mejor no esperen nada, mejor déjense envolver por esta extraña y cautivadora belleza sin rostro, por este caudal de pintura en estado puro, tan viva que se adhiere no solo a tu cuerpo, sino también a tu alma, que agradecerá la existencia de todo este universo creativo de Emilio Pascual que combina firmeza y extrema fragilidad, permanencia y fugacidad".

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técnica

óleo sobre lienzo

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2025

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2026 © Copyright.
EMILIO PASCUAL

--:--:-- Yecla (Murcia)

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